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Yo voto Apruebo y voto con convicción.

En los últimos procesos electorales me marginé, lo que no me restó en lo más mínimo de la vida política, la vida política cotidiana, la que llevas contigo a cuestas en los recorridos al trabajo, la política que invade tus conversaciones con colegas en desayunos y cigarros. La vida política que me lleva a entregar lo mejor de mis capacidades a quienes despiertan al mundo, educar con convicción, educar con cariño, fuerza y análisis, con la esperanza de que la semilla llegue a buena tierra y germine una nueva sociedad. La vida política me acompaña en mi profesión y en mi pasión: las comunicaciones, que como trinchera he defendido y levantado, a veces en hermosos procesos colectivos, otras veces caminando sola de vuelta a casa preguntando si todo valía la pena.

En esa vida no me acerqué a los procesos electorales, recibiendo todas las reprimendas de quienes amenazantes vociferaban: “después no tienes derecho a reclamar”, “después no te quejes de los políticos”, que “en la calle no conseguiría nada”, que “había que cambiar las cosas desde adentro” y quienes estaban más cerca, incluso me dijeron que la mejor alternativa era una periodista que salía en la TV. Para ese entonces me enfrenté y sentía que nadie podía juzgarme por no poner una raya en un papel, acto de breves minutos y después de lo cual podría desligarme por años de “la vida política”. Mi argumento en ese período (previo al 18 de octubre), era que no podíamos continuar en una lógica de la delegación del poder, no podíamos responder a este modelo por esa vía solamente, y que si en un eventual triunfo se alzaba un liderazgo “progresista” “de nueva generación”, si no iba de la mano con una sociedad atenta e interesada en generar cambios, si no se acompañaba del respaldo de una sociedad dispuesta a hacer sacrificios y con una lógica diferente al consumismo y al individualismo, era seguramente una gobernanza destinada al fracaso y fuente de críticas para una derecha acechante y con delirios catastrofistas, que en circunstancias como las descritas, solo crece su ala más reaccionaria. Necesitaba pasar algo que hiciera que como pueblo de los y las de abajo, nos hiciera mirarnos y darnos cuenta que el/la del lado era un igual, una compañera de los mismos recorridos, de las mismas plazas y lugares que todos queremos cambiar, compañero de las penurias de este sistema que nos hace competir para descarnarnos entre nosotras/os.  Tenía que regresar la confianza en la comunidad, en trabajar juntas, en que entre más seamos, mejor golpeamos y avanzamos, y también dentro de mi corazón, mi sueño de que un día podamos vivir de forma armónica con el medioambiente, vivir las artes sin tapujos, vivir la vida que nos merecemos. Para eso no valía solamente votar. Había que trabajar en generar redes, formarnos, y articularnos. Ese fue mi enfoque durante 20 años, pues desde los quince con mi amigas ya pensábamos en cómo poder cambiar el mundo que nos incomodaba, conversando horas en los cerros de La Herradura.

Por esos 20 años esperé ansiosa una revuelta que volteara el tablero, ocurrían hechos delirantes: asesinatos, presas/os políticas/os, carencia de justicia y verdad, aprobación de ley antiterrorista, amedrentamiento, tratados de libre comercio, explotación indiscriminada a nuestra naturaleza, generación de contaminación conllevando enfermedades masivas, murió el dictador, etc. Y en contadas ocasiones, ciertas organizaciones alzaron la voz con fuerza suficiente para captar la atención de la “clase” política y en muchos de casos, lograron desgastar movimientos, criminalizar y servirse de demandas populares para generar programas de gobierno atractivos como Michelle Bachelet, mas no representó un cambio sustancial en la vida de quienes padecen pobreza, por lo contrario se acrecentaba año tras año la clase endeudada. Revueltas como la del 2006 ya vislumbraban nuevas generaciones con más coraje en 16 años, en el 2011 estuvimos meses en permanentes movilizaciones, muchas portadas internacionales, muchos bailes masivos y nuevos/as parlamentarias, que iban como la bancada joven a cambiar desde adentro… ya sabemos lo que pasó. Movimientos como la Coordinadora NO + AFP, feminista, medioambientalista, por la vivienda, por la no discriminación LGTIB y otros, en ocasiones eran capaces de generar varias movilizaciones masivas que, al menos yo, las vivía con toda la alegría de recorrer como mujer libre las grandes Alamedas, sin embargo había que regresar a casa y a seguir la vida como siempre.

Hasta que sin esperarlo, pero notando un pulso distinto en el ambiente, se vino el 18 de octubre, como dice Cristóbal Briceño “la sorpresa más hermosa y más feliz, el regalo que en secreto siempre pedí”. Debo confesar que los primeros días reinaba mi incredulidad y algo de temor, había sucedido al fin, de un momento a otro Chile, más que despertar, se había dado cuenta que ya no daba más y había que decir basta fuerte y claro. Manifestaciones como las barras de fútbol diciendo que habían perdido mucho tiempo peleando, que era momento de la unión para vencer, era una síntesis que había soñado con leer, no sólo de las barras, de todos y todas, por fin nos dimos cuenta que todas nuestras demandas eran síntomas de la peor peste que hemos padecido: el Neoliberalismo y todo su reino cultural que nos tenía atontados pendientes de la irrelevancia convertida en noticia.

Fue un mes de reinar las calles, de pérdidas terribles, las emociones se conjugaban en un vaivén diario, estábamos actuando como protagonistas en un proceso hermoso. El 25 de octubre un millón de personas en Santiago y tal vez otro millón a lo largo de Chile salimos a ratificar todo lo expresado de diversas formas en todos los territorios del país, se viralizaron registros de marchas en pueblos con 100 habitantes, en caminos rurales, en grandes comunas, en cada rincón se sentía un cambio. No obstante también ratificamos que las fuerzas represivas continuaban con la misma actitud bélica, desde el presidente hacia abajo nos declaraban la guerra, a su propio pueblo, otra vez. Tuvimos asesinatos terribles, montajes para ocultar cuerpos, violencia sexual, mutilación, tortura; muchas situaciones nos recordaban, vívida o literariamente, los momentos más oscuros sufridos por nuestras generaciones anteriores. Este vaivén emocional nos empujaba, pero también nos hacía reflexionar, no estaban muy claras las demandas, había rabia y por fin el profundo deseo de cambio. Se pedía el término del gobierno, Asamblea Constituyente, y las demandas sociales como No + AFP, salud, vivienda y educación de calidad, respeto al medioambiente, etc. Y así de un día para otro la derecha recalcitrante, en una puesta en escena ya conocida, se sienta a firmar un acuerdo por la nueva constitución con sus acompañantes de siempre, la concertación, pero esta vez además se acompañan de los chicos del 2011 (¿recuerdan el cambio por dentro? Sin el PC). Todos ellos cómodamente sentados en un palacio estatal declaran que han escuchado a la ciudadanía, el trato es: cambiamos la constitución y se acaban las manifestaciones, a lo que se llamó: Pacto por la Paz Social y una nueva Constitución, donde por primera vez en 29 años de pseudo democracia, se generaba una instancia para acabar con una carta magna ilegítima, cuestión impensada para casi todas las naciones que vivieron una dictadura militar en Latinoamérica. Pero este acuerdo no llegó con la alegría que hubiésemos querido, pues a leguas se identificaba un acuerdo que no propiciaba un camino hacia una Asamblea Constituyente que era la demanda primigenia. No estábamos de acuerdo con que otra vez se nos tratara como infantes carentes de discernimiento, esta vez nosotras/os no estábamos de acuerdo con la forma. Ya el pueblo se había dispuesto a una discusión en miles de asambleas y cabildos que se organizaron a nivel nacional. Comenzábamos a conversar con nuestras comunidades sobre qué país soñamos, qué es ese gran todo que queremos cambiar, el pueblo se había dado las formas y mecanismos; y se nos quería imponer otra vez el abandono de las calles por un acuerdo, en esta ocasión sin las manos arriba, sino que en una mesa de quienes se atribuyen una mal pensada representación. No nos gustó y no nos fuimos de las calles, en el verano se efectuaron grandes encuentros feministas, asambleístas y medioambientales, preparándose para el comienzo de un año potente, recargados con un año nuevo festejado por primera vez en la calle tomada por nosotras/os, la plaza Dignidad iluminada con lásers y fuegos artificiales, sin logos, sin marcas, sin auspiciadores, ni discursos llorones.

Llegó marzo y prometía ser el mes de la masividad en las calles y así transcurrieron los primeros días con más de 1.2 millón de mujeres en las calles para el 8M y con un funeral muy sentido por el padre Mariano Puga, que al menos alcanzó a ver este despertar con el que creo que también siempre soñó. Y no pasaron muchos días cuando la amenaza del Corona virus se expandía y parecía ser la excusa perfecta para que el gobierno pudiese vaciar las calles, desactivar las manifestaciones y la organización territorial, mediante el miedo a una pandemia mortal no podríamos seguir en las calles. Y así lo hicimos, dejamos plaza Dignidad y la masividad, comprendimos que este era un asunto mundial que le venía como anillo al dedo a este incapaz gobierno, por lo tanto no bajamos la defensa y encerrados la organización continuó. Frente a la mezquindad e inoperancia de las autoridades, nuevamente las comunidades dieron una respuesta solidaria colmando las poblaciones y campamentos con ollas comunes, escuelas, liceos y colegios organizando periódicamente campañas de ayuda, redes de distribución de alimentos, etc. Así también ha crecido de manera exponencial las comunicaciones alternativas o independientes, pues el 18 de octubre y todo su devenir también develó lo sesgados y comprometidos con el mundo empresarial, que son los medios de comunicación tradicionales, siempre criminalizando las manifestaciones y buscando su rechazo, pero les fue imposible al detectar que cada persona consultada de a pie, expresaba un profundo acuerdo con las protestas, pues no había que ser mago para sentenciar que en este país la desigualdad reina desenfrenadamente, y sí, nos molestaba más de lo que ellos pensaban. Por lo anterior los programas de debate y conversación política han proliferado en redes sociales y han otorgado nuevos puntos de vista, que lejos del alarmismo, dialogan en clave de construcción y análisis constante.

Con el aplazamiento del plebiscito para el 25 de octubre (un año después de la marcha del millón), hubo más tiempo para considerar cuestiones como la paridad en la convención constitucional y otros aspectos que intentan pobremente abrir la puerta a la participación de más independientes, pero todo va encaminado a que sean partidos políticos los que dominen la propuesta de candidatas/os a delegadas/os constitucionales. Y este es un punto muy rebatido por la izquierda revolucionaria o de carácter más libertario, que critica, con razón a mi parecer, este acuerdo por su composición de origen, critican sus reglas y apelan a que otra vez los partidos políticos añejos y traidores pondrán todas sus fichas y nuevamente seremos engañados y traicionados. No comparto este pesimismo. Mas también este sector propone o declara que lo justo hubiese sido construir de manera colectiva un gran movimiento asambleísta que diera paso a una articulación nacional de donde emergiera una genuina Asamblea Constituyente. Ante esta propuesta ¿Alguien podría estar en contra? O sea, qué más hermoso sueño que todas y todos tuviésemos la disposición y la motivación de desarrollar esta iniciativa, sería un escenario ideal de acuerdo y reflexión profunda.

Pero el escenario es otro y, para mi consideración, las batallas nunca se dan en el escenario ideal, pero se tienen que dar y no es contradictorio con lo que pensaba previo al 18 de octubre, donde consideraba que el camino electoral no era el correcto y que esa pelea no había que darla, pues me gustan las batallas donde tengo alguna posibilidad de vencer y construyendo redes y comunicaciones me sentía encaminada a una larga tarea, pero sin hacerle el juego a nadie, menos a vender espuma a mi gente. Y el 18 de octubre modifica radicalmente las fuerzas y, por supuesto, que las condiciones del acuerdo, del plebiscito, de la convención constituyente y quizás de muchas cosas que vendrán, no me agradan, no son las que soñé, pero ahora somos más, ahora no somos un puñado que nos encontrábamos en cada marcha del 1° de mayo, del 11 de sept, del 29 de marzo, ahora somos millones. Por lo anterior, no me siento oportunista en absoluto, pues siento que cada acción en la que participé, cada marcha, escuela de formación, lentejada, mitin, asamblea, encuentro, performance, etc. Fueron pequeñas semillas que germinaron en esta hermosa rebelión que hoy es capaz de disputar más de lo que pensamos.

De esta manera creo que es hora de confiar más en nuestra gente, sabemos que en el carro del Apruebo ya no cabe más gente, que el descaro en política no tiene límites y que se han sumado personajes de la derecha que por siempre defendieron la constitución de Pinochet. Mas ese no es pretexto para restarse, la derecha se está sumando porque no quiere perder por paliza, porque no quiere enfrentar una elección a delegados constitucionales con un peso así, y están pensando rápido, se adelantan a proponer nombres para la convención, es ahí donde al menos tienen que obtener 1/3 +1. Además, para decirlo en otras palabras, la derecha que pretende gobernar con más posibilidades en el próximo período por lo tanto soltó la batalla del plebiscito, la dio por perdida y están saliendo de ese momento antes que llegue, no obstante será con los delegados constitucionales con quienes nos enfrentarán con sus mejores cartas, que no saldrán de ninguna representación ni movimiento popular, serán los mismos coroneles, las mismas candidatas con apellido alemán. Pensar que nuestro pueblo va a votar por ellos después de toda el agua bajo el puente, perdón, pero es pensar que nuestro pueblo es bruto, y no es así, aguantamos harto, fuimos crédulos, pero ya no más. Por lo tanto, considero que nuestra tarea y pelea actual radica en tres aspectos fundamentales:

1.- Consolidar el cambio de Constitución como un punto de no retorno, bajo ninguna amenaza ni justificación para su aplazamiento.

2.- Buscar y conseguir espacios, desde ya, para que las y los mejores representantes de nuestras organizaciones sociales ocupen el puesto de delegadas/os constitucionales, donde la batalla será férrea y dónde se necesitan el 66,6 +1% de representación de izquierda o en el peor escenario un 33+1% para bloquear las iniciativas de la derecha.

3.- Mantener la organización y protesta popular, en este período por ningún motivo se abre un espacio para la desarticulación, sino más bien para estar pendientes con sumo detalle a cada movimiento del gobierno y del proceso, manifestando la presión popular por todos los medios.

Porque las batallas necesitan las mejores cartas, pero también una relación dialéctica con un pueblo activo y vivaz, nunca más dormido, nunca más indiferente, ni individualista. Porque quiero que mis estudiantes y que toda la infancia viva en un país muy distinto en el que yo viví, pero sobre todo quiero que aprendan que luchando sí es posible generar grandes cambios, que solo se necesita unión, entendimiento y organización. Por todo lo anterior, yo APRUEBO.

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